SOBRE LOS TOPÓNIMOS, LAS LENGUAS Y LA INJERENCIA POLÍTICA

lunes 19 abril 2010

SOBRE LOS TOPÓNIMOS, LAS LENGUAS Y LA INJERENCIA POLÍTICA

 

Hace unos días, durante una comida que hicimos entre hermanos (acto muy recomendable y  repetible periódicamente, por cierto), uno de ellos, Juan, me dio la idea (de forma involuntaria) de escribir un artículo para este blog, acerca de los nombres de algunos lugares, y de la confusión que existe sobre ellos.

Muchas veces ni siquiera hay tal confusión, sino convicción (errada; de ahí el mito) de que hay que decir, por ejemplo, “Girona” y no “Gerona”. Esto ocurre en zonas en las que hay dos lenguas oficiales, pero también a nivel nacional, en los medios de comunicación y a nivel ciudadano y cotidiano.

La política y los políticos influyen, cada vez más, en nuestras vidas aunque no nos demos cuenta. Progresivamente inyectan en la sociedad datos, actitudes, pensamientos (creencias mejor), y cuestiones aparentemente banales, habituales, en los que apenas reparamos, y que, sencillamente, damos por ciertos.

Tras finalizar la dictadura y recuperar la democracia en 1977, las lenguas cooficiales, de las comunidades que las tienen, coexisten con la común (la castellana o española). Desde entonces comenzó a imponerse una intención política para utilizar más la lengua autóctona (como reparación del menosprecio histórico a la misma), y menos la española. Esta estrategia partió del nacionalismo,  estuvo bien organizada, tuvo gran calado y aceptación social, y contó con la aquiescencia del resto de fuerzas y partidos. En la actualidad hay sectores que comienzan a mostrar su desacuerdo.

Como ya puede suponer, a estas alturas, todo aquel que sigue este blog, no voy a entrar en asuntos netamente políticos, los cuales per se son siempre discutibles y opinables, y no son el motivo ni la finalidad, como digo, de este blog.

Sin embargo el aspecto de los topónimos no es político, aunque esté impregnado hasta la médula, de interés político. Veamos.

Si estoy hablando en español, digo “Londres” y no “London”, digo “Inglaterra”, “Alemania”, “Estocolmo”, y no digo “England”, ni “Deutschland”, ni “Stockholm”.

Por el mismo motivo digo “Lérida”, “Bilbao”, “La Coruña”, “Vitoria”, “Oviedo”, “Orense”, etc.

Son nombres que, por muy antiguos y conocidos en español, están ahí desde siempre. “Pekín” es el nombre español de la capital china desde tiempos inmemoriales. Se intentó cambiar por “Beijin” (parece que por la mayor proximidad fonética con la pronunciación en chino), pero no tuvo éxito. Lógico. Solo faltaba que tuviéramos que llamar beijineses a los perros pekineses.

Los países, ciudades y lugares de mundo que son muy conocidos desde siempre, tienen un nombre español. Precisamente por eso, por ser conocidos en España desde que tenemos conciencia de ello, surgió un nombre en nuestro idioma.

La Coruña es “La Coruña” desde hace tanto tiempo, en español, que seguirá siéndolo, igual que Edimburgo, Noruega, Islandia, o Atenas.

En los letreros y señales informativas del País Vasco (y Navarra), aparecen los nombres de los lugares, en español y en vasco (Vitoria/Gasteiz, Pamplona/Iruña, etc.). Clarísimo ejemplo de que los topónimos en español están ahí desde siempre, y seguirán estando. Y pueden convivir con los de la propia lengua del lugar.

La lengua es de quien la usa, y no de los gobiernos de turno.

Hay topónimos locales que, por poco conocidos (al revés que los anteriores), no tuvieron nombre en español, y sí en la lengua autóctona, y que fueron maltraducidos al español, en clara política españolista del régimen de Franco (errada también).

En Galicia abundan ejemplos. “Sanxenxo” (San Ginés en gallego) fue traducido a “Sangenjo”. “Ponteareas” se llamó “Puenteareas” (de traducir todo tendría que ser “Puentearenas). "Niñodaguia" pasó a ser "Niño de la Guía" cuando significa "Nido del Águila". Y como éstos, tantos otros.

No confundamos, pues. Una cosa son los topónimos españoles, que lo son por ser conocidos de todos, desde siempre, y que, como tales, existen y lo seguirán haciendo.

Y otra es la devolución merecida de los nombres originales a los lugares en donde fueron cambiados (traducidos a la brava) por motivos políticos, hace relativamente poco tiempo (unos 60 -70 años). Si hubieran pasado 300 años ya no tendría sentido la reparación porque ya estaría demasiado arraigada en la lengua popular. Esto ocurre con apellidos que fueron maltraducidos hace tanto tiempo que se les pierde la pista, y no tiene sentido la reparación. Por ejemplo, el apellido “Carbajo” viene de “Carballo” que significa “Roble”. Ahí está el apellido, y a ningún Carbajo creo que se le ocurra querer cambiar su apellido por el de Roble.

En fin, si usamos un idioma, debemos utilizar las palabras de que ese idioma dispone, sea gallego, italiano, vasco, francés, catalán o español.

Si hablo en español, digo “País Vasco” y “vascuence”. No debo decir “Euskadi” ni “euskera”, al igual que no digo “La France” ni que Fulanito sabe hablar “français”.






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