Los Mitos de la Segunda República (II)

martes 15 febrero 2011

La revolución del 34 fue sofocada, y sin embargo ya nada fue igual desde entonces.

El ambiente de crispación, desorden e inestabilidad se mantuvo sin solución de continuidad.

 

Se acusó al gobierno de exagerado represor de la revolución de octubre. Se le acusó de anticatalán por suspender temporalmente la autonomía. En definitiva, la vieja táctica de mitificar con victimismo lo que fue un ataque a la legalidad vigente.

 

De hecho si la revolución no triunfó, lo que sí funcionó bien fueron las acusaciones continuadas de represión, violencia y la típica actitud victimista (actitud muy eficaz que aún hoy es utilizada por los nacionalismos).

Por esto algunos autores fijan el inicio de la contienda civil en esta fecha de octubre del 34, y no en  la de julio del 36.

Don Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República desde el comienzo de ésta, moderado, de centro-derecha, católico, manejó mal este clima de tensión creciente, cometiendo dos errores decisivos, que no ayudaron para nada a rebajar la crispación.

Primero facilitó la desaparición política del Partido Radical de Lerroux, el cual suponía un amortiguador entre izquierdas y derechas.

Segundo, y sin que se sepa claramente el por qué, retiró del poder al gobierno de la CEDA, ganador de las elecciones de 1933, en diciembre de 1935. Esta situación provocaba un adelanto de elecciones, como así fue.

En febrero de 1936 hubo elecciones y las ganó el Frente Popular, alianza de los partidos de izquierda lograda con mucho esfuerzo, y a última hora, dadas las enormes diferencias y tensiones que existían entre los partidos que la formaban. De hecho esas tensiones se manifestaron mucho más abierta y sanguinariamente en el bando “republicano” durante la guerra.

 

En esa misma noche electoral, a medida que se iban confirmando los datos favorables al Frente Popular, comenzaron serios disturbios por todas partes, pueblos y ciudades. Hubo deserciones de gobernadores civiles. La situación era tal que el presidente Alcalá-Zamora declaró ese mismo día el estado de alarma, el cual duró ya hasta el inicio de la contienda civil.

En este último período republicano, con el gobierno del Frente Popular, creció el caos, las persecuciones políticas y religiosas. Volvieron a destruirse templos y obras de arte. Se atacó la propiedad privada, hubo amenazas públicas y unos doscientos asesinatos políticos, denunciados en el Congreso por Gil Robles y Calvo Sotelo.

Los diputados del Frente Popular no lo negaban sino que los justificaban, al igual que justificaban los expolios y persecuciones religiosos. Esto está en las actas del Congreso.

En el mismo parlamento se amenazaba de muerte a los diputados. Y no era un farol.
Calvo Sotelo, líder de la oposición de derechas, tras ser amenazado de muerte en el Congreso, fue secuestrado de su domicilio y asesinado el 13 de julio, por guardias de asalto y militantes socialistas, a las órdenes del líder socialista Indalecio Prieto.

 

Es como si hoy los guardias de Rubalcaba secuestrasen y asesinasen a Rajoy. Impensable ¿verdad? Pues en aquella “democracia” así fue.

El otro dirigente de la derecha, Gil Robles, se salvó de milagro por no estar en casa cuando fueron a buscarlo.

No fue este asesinato la causa de la guerra civil. Como vemos, la causa venía ya de antes. En todo caso fue más bien un detonante, un acelerante.  

 

Se puede considerar que fue un punto de no retorno, la desembocadura hacia un momento buscado por ambos bandos para llevar a cabo los ideales de cada uno.

 

Ninguno de ellos precisamente democrático. Ninguno.

 

La experiencia política de la Segunda República fue muy mala, como lo fue la de la Primera, aunque esta última por motivos diferentes.

 

Decir que la República fue una democracia como las que hoy conocemos, y que el bando republicano, en la guerra, era el defensor de la libertad y de los valores democráticos, es tan falaz y lejano de lo real, que es difícil pensar que pueda perdurar hoy en las mentes de la mayoría.

 

Solo conociendo los hechos tal y como fueron, podemos asumirlos y aprender de nuestros errores, para no volver a cometerlos.

 

Cierta es la frase, que por muy manida no es menos verdad, de que quien no conoce su Historia está condenado a repetirla.

 

Justificar lo injustificable y doblar la verdad, para ajustarla al interés o a la ideología, no nos lleva nunca a buen puerto, y flaco favor nos hace como personas y como nación.






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